Tras los huesos de Mariana

(Cuento)

HUEJQUILLA EL ALTO, JAL/ABRIL DE 2017.- Ven, Sixto, vamos a sacar a tu tía Mariana de donde la enterramos. Cárgate ese talache y esa pala. Yo me llevo esta olla que le mandé hacer a Demecio con dinero del que trajo tu tata del norte…

-Aquí es. No hay duda. Esta es la piedra que le pusimos como señal para que no se nos perdiera su sepultura. La escogimos grande y negra como fue ella en esta vida. Tu que tan buena memoria tienes desde chiquito, te has de acordar bien de ella…

-Te quería remucho. Con decirte que un domingo llegó a agarrarte para hacerte cariños y la mordió el perro. El perro también te quería y te cuidaba y hoy vemos su motivo para morderla, pero en ese momento nos dio mucha pena con ella. Era un perro lanudo, como los leones. Se llamaba Nerón. Ni siquiera te alcanzó a decir como está, hijo de mi vida. No. El perro le agarró la canilla y luego, luego, le brotó el chorro de sangre a borbotones que no se le detenían con nada y ahí andamos tu tata y yo busque y busque hilachas para enredárselas.

-La vergüenza que nos daba, tú. Ya no pudimos comernos el caldito de tasajo que había estado cociéndose en la lumbre, afuera.

-Ya te digo, Sixto, eras su adoración, seguramente porque te veía que eras criado de abuela. Y es que, aunque fuiste muy enfermizo, ya desde entonces eras el vivo retrato de tu tata. Tu pelo peinado para atrás y tu mirada seria.

-Un poco pálido, pero te dabas ánimo en la vida. No sé de dónde sacabas tantas fuerzas para vivir. Pienso que tu nana ha de estar en el cielo rezando día y noche por ti, por ti y por tu tata, porque sabe que las cosas acá abajo no son tan fáciles. Seguro ella, cuando se iba a morir, le encomendó a tu tía Mariana que te echara vueltas, y sabía venir seguido, casi siempre los domingos, pero ahora ya no tienes a nadie en esta vida mas que a mí y a tu tata, que con trabajo gana el dinerito con que la vamos pasando. Síguele escarbando. Yo saco la tierra y la aviento a donde no te estorbe. Se nota que no ha llovido. Mira nomás como está la tierra de seca. A la mejor ni es el lugar que buscamos. Esta memoria ya no me ayuda a dar con bola. Pero no hace ni tanto que la enterramos.

-Síguele otro tantito a ver qué pasa. Si no es, total, le tapamos y nos vamos a buscarla a otro lado. Pues sí, como te iba diciendo, ya ni nos comimos el caldo de tasajo.

-Destripamos una almohada de las que dejó tu nana y nos pasamos la tarde enredándole la mano con hilachas que de rato le teníamos que arrancar porque se le pegaban al brazo. Casi metiéndose el sol logramos que se le calmara la hemorragia. Y ella viéndote y haciendo dengues para que te rieras, como si no hubiera pasado nada.

-Desde entonces se detenía en la puerta del corral antes de entrar al patio y preguntaba por el perro. Yo lo amarraba con un mecate y tu tata te levantaba y te ponía en sus brazos como si fueras un tercio de leña. Estabas el puro hueso. No tenías nalga donde te pusieran una inyección. Mariana siempre te traía tu dulce o tu galleta de la plaza. Tu tata regañaba al Nerón cada que ella venía, aunque él ya no hacía por morderla. Ella le decía que lo soltara.

-Él no se confiaba. Lo conocía mejor que nadie. Cuando se iba a sembrar y yo iba a ayudarle, lo soltábamos y nos íbamos sin ningún pendiente, sabiendo que el perro te cuidaba en la casa. Se echaba en el marco de la puerta, igualito que un león, con su pelo bermejo, su cola de mota y su melena. No dejaba pasar ni un piojo. Mariana en realidad no era nada nuestro, pero te has de acordar que nos frecuentaba como si fuéramos de su familia. Le decías Ana porque no podías pronunciar su nombre. ¡Ja ja ja! Ana. Ella se moría de risa.

-¿Cómo vez? ¿Le seguimos otro tantito o nos vamos a otra parte? No, síguele, al cabo no andamos escarbando por contrato. Parece que ya está saliendo la arenita. Párale al talache. Arrástrala con la pala. Mete las manos a ver si tocas algo. Aráñale.

-Ándale, así, como si anduvieras buscando un peso. En tiempos de calor tu tata trasquilaba al Nerón. De pronto se nos hacía flaco porque estábamos acostumbrados a verlo pachón. Sólo le dejaba la cola y la melena, quién sabe por qué, y la gente ya sabía que ese era el modo en que se lo cortaba apenas arreciaba el calor de mayo. Buen perro. Un pedazo de carne que dejáramos en el suelo no se lo comía si nadie le decía tenga, Nerón, cómaselo afuera. Se salía. Se lo comía debajo del zapote muy tranquilo.

¡Qué esperanzas! que en esos ratos se pareciera al perro que era cuando lo provocaban los perros de los vecinos. Se armaba el pleito a muerte. Una vez se les atoraron los dientes a él y a un perro mío que se llamaba Relámpago. Bravos los dos. Grandes. Fuertes. Ninguno se dejaba del otro. Les aventábamos baldes de agua para que se desapartaran, pero era como echarle leña al fuego, tú de mi vida. Mientras comía, no le despegaba la mirada a Mariana.

-Mariana se murió una temporada de aguas. Tuvo el gusto de verte caminar por el patio mientras el Nerón vigilaba tus pasos. Un alambre de su almácigo de chiles se le enterró en un chamorro. Vivía sola. Nos dijo que se topó el chorro de sangre con tierrita de corral y nunca supimos si fue el lodo o el moho del alambre lo que le causó la muerte. Ya no le hizo provecho la inyección que le puso Alfonza. Nadie pudo hacer nada por ella y por ese piquetito tan insignificante perdió la vida, ella que siempre fue persona amistosa y de trabajo…

Mariana hacía chuales para vender en las casas. No era mujer dejada. Tenía sus gallinas y sus vacas.

-Al poco tiempo el Nerón también murió. Lo balacearon los Almanza por una desavenencia que tenían con tu tata, pero esa es otra historia que te contaré cuando crezcas porque no quiero que se te llene la cabeza de coraje tan temprano. Por ahora hay que sacar a Mariana.

-Échale talachazos, Sixto, no te rajes. Ah, mira, ese es uno de sus huesitos. Sácalo y dámelo. Yo los desempolvo y los voy poniendo en la hoya. Eso. Síguele buscando. Parece que están saliendo más. Me pregunto qué pasó con el cajón. ¿Se desharía con el tiempo?

-Dice el señor cura Vidal Medina que polvo sois y en polvo os convertiréis y veo que es cierto. La madera se pudrió. Duraron más los huesos de Mariana. Te digo que era mujer fuerte.

-Ándale, ya la llevamos de ganar. Qué bueno que vinimos. Estoy segura de que ella también se va a alegrar mucho de que no la hayamos dejado aquí, sola. Nomás nos tardamos tantito más y no encontramos ni astillas.

-Con cuidado que no hay prisa. No se nos vayan a quebrar. El gusto que le va a dar a tu tata cuando vuelva a la casa y vea que sí los encontramos.

-¿Son todos? Ráscale. ¿Ya no hay más? ¿Estás seguro? Bueno, ya los acomodé. Tapemos la hoya con unas hojas de hojas de maíz como si fueran tamales. Atravesemos por los potreros para llegar pronto. No sea que en el camino le dé a la gente por pensar que nos hallamos dinero.

-Ahora sí, Sixto, gracias a María Santísima, el día que vendamos la casa podremos llevarnos con nosotros los huesos de Mariana. NOTA: Ricardo Enrique Murillo es licenciado en ciencias políticas, cursó la maestría en relaciones internacionales, ha colaborado con periódicos y revistas, incluyendo Voz del Norte, Contratiempo, La Raza y Mi Pueblo (extinto). Actualmente vive en Nueva York.

Ricardo Enrique Murillo, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

 

 

 

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